domingo, 7 de agosto de 2011

Capítulo I: ¡Ustedes están todos locos!

Ariadna se desperezó. Miró la hora, siete y cuarto, era temprano. Se levantó lentamente y observó el uniforme que estaba colgado en la percha, otro día aburrido en su lista de días aburridos. Se miró al espejo, notó las ojeras debajo de sus ojos, todo por quedarse leyendo hasta las 3 de la madrugada, “No es tanto – pensó – Me lavo la cara y listo”. Luego de dar vueltas en su pieza mientras se vestía, para desesperación de Yélahiah que todo lo hacía rápido, bajó y tomó desayuno tranquilamente, cosa que sólo pasaba cuando sus hermanos no estaban, se despidió de su madre y se fue. “Otro día más”.

Isis se levantó aquella mañana con una extraña sensación en su estómago, ¿acaso eran nervios? No sabría explicarlo, pero cada vez que sentía eso era porque algo iba a pasar, ojalá algo bueno. Miró la hora, ocho y treinta. “Vas a llegar tarde. Otra vez” escuchó la voz de Mahasiah a su lado. Se vistió rápidamente con el uniforme de su colegio, tomó su bolso y bajó las escaleras corriendo mientras ataba su desordenado cabello oscuro en una cola, aunque sabía que después se la desarmaría.

-       Otra vez tarde –
Isis miró a Jorquera, el inspector que la recibía cada vez que llegaba atrasada, también cada vez que la echaban de la sala, y cada vez que la mandaban a inspectoría por alguna razón, según ella “violaba su libertad de expresión”.

-       ¡Inspector! – saludó sonriente - ¿Cómo está?
-       Bien, debido a que llegué temprano –
-       ¿En serio? ¡Lo felicito! – La chica pasó su libreta al inspector quien la timbró –
-       Siempre tarde – retó mientras firmaba la libreta –
-       No, lo mejor se hace esperar – Corrigió mientras la guardaba en su bolso, luego entró al colegio despidiéndose con un gesto de la mano.

Caminó por los pasillos saludando con señas a alumnos y profesores. Entró a la sala y se sentó junto a sus amigas al final de una fila. Colgó la mochila en la silla, sacó un cuaderno y un estuche y los dejó en la mesa. De todos modos sabía que no haría nada en esa clase, tenía cosas más importantes que hacer, como por ejemplo: conversar con los demás. ¿Tareas? Se las conseguía con los chicos, con una simple sonrisa bastaba. Si, a decir verdad su vida en el colegio era bastante simple, sacaba buenas calificaciones, no porque copiara en las pruebas, en realidad nunca lo había hecho, a pesar de que armaba bullicio en la sala estaba pendiente de lo que decía el profesor.

Además de ser una alumna ejemplar en cuanto a notas, bueno, también sobresalía por el desorden que armaba en clases, y en el colegio en general. Su día se destacaba por pasarlo en inspectoría y en algunas ocasiones donde el director, a quien se lo había ganado con su carisma y chispa al hablar.

Montaba un caballo negro como la noche por un hermoso prado, sentía el viento rozar su rostro, cabalgaba sola, libre, tranquila. Pero alguien apareció a su lado, otro caballo, uno blanco, una chica lo montaba, pero no le podía ver el rostro.

-       ¡A que te gano! – le gritó la joven, mientras apuraba el paso de su caballo.

Ariadna observó a la extraña, algo había en ella que le resultaba peculiar, sin dudarlo decidió seguirla, mas por curiosidad que por qué se lo hubieran dicho. Llegaron a un bosque y vio la figura de la chica a lo lejos, algo había en ella que le llamaba la atención. Se acercó, le tocó el hombro, la joven se dio vuelta lentamente, tenía agachada la cabeza y poco a poco comenzó a levantar la vista y....

-       ¡Ariadna Nox! –

Se despertó de golpe y miró al profesor, quien la observaba impaciente con el libro abierto.

-       ¿Sí? – Preguntó refregándose los ojos.
-       Hace 5 minutos que la estoy llamando y usted no contesta ¿Me podría explicar que estaba haciendo? –

Ariadna se mordió el labio inferior, que le podía decir, ¿qué estaba durmiendo? “No, piensa algo, piensa...”. Una voz masculina le dijo a su oído que contestara que estaba leyendo. Ella sabía quién era, le hizo caso sólo por el hecho de estar tan dormida que no sabía lo que decía, aunque estaba segura que ella era mejor en las mentiras que él.

-       Estaba leyendo – Contestó con seguridad en su voz, el profesor la miró con el ceño fruncido.
-       ¿En serio? ¿Qué cosa? –
-       La materia que pasó la otra semana –

Esperaba que le creyera, de todos modos era su alumna preferida. El profesor se acomodó los lentes y volvió su vista al libro de clases, siguiendo con la rutina de llamar a los alumnos. Ariadna suspiró, al parecer si le había creído. Trató de recordar el sueño que había tenido recién, pero todo era muy borroso, por más que lo intentaba no podía acordarse. ¿Quién era la otra chica? Y lo peor, ¿Por qué era tan importante? “Bah – pensó - solo fue un sueño”. Sacó un libro de su bolso y comenzó a leer, no había nada mejor que hacer.

-       ¡Bájese de la mesa Sta. Fonteius! – Marta, la profesora de matemáticas, gritaba histérica y miraba como la chica trataba de sacar algo del techo - Le dije que...
-       Si te escuché Marta, no soy sorda – interrumpió la muchacha con tranquilidad en su voz mientras trataba de alcanzar algo del techo – Es sólo que quiero sacar un bicho que hay ahí –

Isis sacó una servilleta que tenía en su bolsillo y tomó una polilla que estaba en el techo, se bajó de la mesa, camino tranquilamente a la ventana y la dejó libre. Luego se giró a la profesora y le sonrió. Realmente no había hecho nada malo, sólo había sacado el insecto que tenía histéricas a sus compañeras de la sala, aunque claro, la profesora no opinaba lo mismo. Luego de una guerra de miradas se pasó a una discusión que terminó en una simple frase.

-       ¡Váyase a Inspectoría y no vuelva sin una suspensión! – Isis suspiró, caminó hasta la puerta y luego se dio vuelta.
-       Una duda, ¿Cómo quieres que vuelva si voy a estar suspendida? –

Todos los alumnos, hasta ese momento en completo silencio se largaron a reír a carcajadas. La expresión de la profesora cambió de enojo a cólera, Isis supo que en ese momento su vida corría peligro, lo mejor era irse.

Ariadna entró a su casa mientras trataba de ignorar aquella voz en su oído que la llegaba a marear. Su madre salió desde la cocina y la saludó, ella le respondió y subió hasta su habitación. Dejó la mochila en el suelo y se cambio de ropa, el uniforme la agotaba. Tomó la laptop que estaba en su escritorio y se sentó sobre sus piernas cruzadas en el sillón. Escribió la contraseña, la pantalla azul cambio a negro y apareció en el fondo el dibujo de una bruja, le gustaba esa imagen, la combinación de colores, todo. Comenzó a escuchar música y a leer un libro que tenía guardado en el computador. Estaba tan absorta leyendo que no escucho las cinco veces que la llamaron. Alguien golpeó estruendosamente a la puerta.

-       Pasen – Solamente sus hermanos podían volver los golpes en la puerta un concierto de batería.

Entraron sus hermanos, Ian y Bruno que a sus 18 años aún eran inquietos, molestosos, inmaduros, se parecían a ella, tenían la misma forma de los ojos y el mismo color de cabello, bueno y para que ocultarlo, también eran muy guapos. Esto último había traído más de una molestia a Ariadna, sobre todo con sus compañeras de curso. Como aquella vez que ambos la fueron a buscar al colegio, ella al salir se encontró con un grupo de chicas con sonrisas tontas alrededor de sus hermanos.

-       Esther dice que bajes – Dijo Bruno acercándose a su hermana - ¿Qué haces? –
-       Déjala, ya está leyendo sus aburridos cuentos – Observó Ian, acercándose por el lado derecho.

Ariadna cerró la laptop y los miró fijamente. Ambos notaron que el color de sus ojos se volvía de un verde peligroso, que ellos ya conocían muy bien.

-       Sólo te veníamos a avisar –
-       Mejor nos vamos –

Los gemelos salieron rápidamente de la pieza de la chica, Ariadna sonrío.

-       ¿Qué les vas a hacer ahora? –
-       Nada malo – respondió mientras guardaba su laptop debajo de su cama – Solo arreglar ciertas cosas.

Yélahiah suspiró, ¿qué más podía hacer? De todos modos sabía que igual lo haría, solo perdería tiempo y palabras, pero no lo podía negar, se divertía con las venganzas de la chica. Ariadna salió y cerró la puerta, Yélahiah la traspasó.

Isis caminaba junto a sus amigas. Las risas y bromas flotaban en el aire, para Isis esos eran momentos únicos e inigualables, aunque pasaba con ellas la mayoría del tiempo nunca se cansaba de su presencia. Charlaban mientras caminaban por las calles.

-        Isis, ese chico te está mirando – Dijo Janis en un susurro audible, las demás sonrieron. Mahasiah miró a Isis como diciendo “compórtate, ni se te ocurra ir y hablarle…”–
-        ¡Ay Jan! No seas tonta, no me está mirando –
-        Ah no si no… – Comentó Sara.
-     Que son locas –
-        ¿Nosotras locas? ¡Entonces que te queda a ti! – Acotó Laura.

Las chicas comenzaron a reírse. Subieron por las escaleras mecánicas hasta el patio de comidas.

-        Quiero un helado – dijo revisando su bolso – de chocolate – agregó.
-        Yo también me voy a comprar uno, ¿Y ustedes? – Preguntó Janis
-        No, yo no – contestó Sara –
-        Yo quiero papas fritas – Laura sacó su billetera – Con mucha mayonesa – agregó con una sonrisa infantil - ¿Qué? – preguntó al ver a las otras riéndose – No almorcé hoy... – se excusó.

Isis fue con Janis a la tienda de helados, un joven de gorro y camisa roja las atendió.

-        ¡Hola!, quiero un helado de chocolate con chispitas – dijo infantilmente Isis, Janis se rió - ¿qué? Si eso es lo que quiero... –
-        Bueno, yo quiero un helado de frutilla –

Las chicas pagaron la cuenta y el joven les pasó los helados, miró a Isis y le guiñó un ojo coquetamente. La chica se sonrojó.

-        Nos vemos. -dijo él- ¡Oye! -Isis lo miró con su mejor sonrisa – Gracias por tu compra, vuelve pronto – agregó.

Isis se dio media vuelta y caminó hacia la mesa, bajo la atenta y para nada disimulada mirada de sus amigas, se sentó y miró fijamente la mesa. Notó las sonrisas de las otras.

-        ¿Qué? –preguntó

Bastó con eso para que comenzaran con las bromas. Mahasiah miraba ceñudo al tipo de la tienda, quien aún observaba a Isis. Notó que solo tendría unos 18 o 19 años. Si había algo que le molestaba de cuidarla era eso, que se le insinuarán y que, según él, ella los provocara. “En mis tiempos no éramos así” pensó frotándose la frente.

Ariadna pintaba en el patio trasero de su casa, se sentía bien ahí, el aire era fresco, el pasto era verde, sus hermanos no estaban y la vocecilla insistente de Yélahiah se escuchaba considerablemente menos. Buscó en su estuche esa caja de lápices acuarelables que había comprado el día anterior, le había sacado las monedas a sus hermanos durante un mes y había juntado el dinero que le daba su madre también para comprarlos. No los encontró. Dio vuelta el estuche y no estaban.

      -Yélahiah – su amigo no contestó, seguía hablándole de los pájaros y de que algún día podrían evolucionar y volar hasta la luna o algo así - ¡Yélahiah! ¿Has visto los lápices que compré ayer?
      - ¿ah? ¿Qué? No, no, no los he visto…. ¿no se los prestaste a tus hermanos? ¡Sí! ¡Eso! Se los prestaste a tus hermanos, pero tú no les prestas nunca nada a tus hermanos ¿por qué les prestaste tus lápices? ¿Acaso te estás convirtiendo en una mejor persona? No, que no sea eso. No lo soportaría.- se quedó mirando fijo a la muchacha - ¿por qué eras mejor persona?

Ariadna sacudió la cabeza, a veces su amigo la mareaba. Se levantó, si sus hermanos tenían sus lápices entonces ella tendría que tomar algo que a ellos les importase, algo así como la llave del cajón de sus admiradoras, sí, eso estaba bien, y la escondería en el cajón de las toallitas higiénicas de su madre. Ian y Bruno la vieron acercarse a la casa con ese tono verde tan peligroso en sus ojos, se miraron asustados y corrieron a esconderse. A veces su hermanita pequeña les daba mucho miedo.

El reloj marcó las tres de la madrugada, ambas chicas dormían en sus habitaciones; tres con cinco, Ariadna se movió a la derecha, Isis a la izquierda. Tres con diez, Ariadna se tapó hasta las orejas, Isis se destapó completamente. Tres con veinte, un golpe en la ventana, ambas abrieron sus ojos.

Ariadna, se acomodó en su almohada, otro golpe, algo se cayó, oyó pequeños pasos

-        ¡Ya, córtenla! ¡Hay gente que trata de dormir! – Gritó - ¡¿Quieren el par de brutos, y sí, hablo de ustedes dos, callarse de una?!

Se sentó en la cama y miró para todos lados, no había nadie. Suspiró. Volvió a acostarse pero algo la tiró de los pies.

-       ¿Qué demon...-

Le taparon la boca, de repente todo oscureció.

Isis se levantó y se acercó la ventana, estaba cerrada. Volvió a su cama y se tiró encima sin taparse. Cerró los ojos. Otro ruido, algo se quebró. Isis se levantó de un salto y miró a todos lados, notó que un florero yacía roto en el suelo.

-       ¡Dammit! Ahora sí que no fui yo. –

La chica tiró un cojín encima del florero, para ocultar la evidencia. Se acostó nuevamente, se giró a la derecha y volvió a cerrar los ojos. Sintió que alguien se movían a su alrededor, volvió a abrir los ojos, ya molesta de tanto bullicio, pero no vio nada. Se acomodó nuevamente para dormir pero divisó algo que se movía a los pies de su cama, se acercó y vio a un joven de orejas puntiagudas y ojos enormes ¿estaba durmiendo todavía? si era así entonces no había roto el florero, iba a preguntarle si seguía dormida cuando algo le tapó la boca y los ojos.

Abajo en la cocina su madre intentaba que no se la llevaran.

-       Estará bien, de eso no tienes que dudar – Le aseguró Mahasiah –
-       Cuídala, por favor, Isis es impulsiva, no hace caso y puede tener muchos defectos, pero, Mahasiah, no olvides que es mi hija, para mi es difícil dejarla ir. Sabía que llegaría el día pero... – la mujer se aliso las arrugas de su falda – Mi madre se arrepintió ¿sabes?, cuando vio a Isis por primera vez solo tenía un día de vida y me dijo que Isis tendría mucho encanto, que sería como ella cuando pequeña. Que lamentaba que estuviera implicada en esto, pero lo hecho, hecho estaba.

Mahasiah observó detenidamente a la mujer que estaba sentada al frente. Su cabello negro lo llevaba corto hasta los hombros, sus ojos cafés resaltaban debido a su tez blanca, se paró con movimientos elegantes y abrió las cortinas, el sol aún no salía.

Tenía características muy similares a su madre, a quien Mahasiah conoció y respetó.

-       Celeste, sé que es difícil, pero ella es capaz. Isis es fuerte, inteligente y te puedo asegurar que estará bien, yo estaré con ella en todo momento y la cuidaré. La conozco bien, sé cuáles son sus defectos y cuáles son sus virtudes. Confía en mí –

Mahasiah se acercó y la miró de frente, notó como una lágrima silenciosa corría por la mejilla de Celeste.

-       Ya es hora –
-       Dile que la amo y que no se olvide de que acá la estaremos esperando –
-       Lo haré, lo prometo –

Mahasiah desapareció.

En la cocina de la casa de Ariadna una discusión similar se llevaba a cabo.

-       Yélahiah ¿Y si necesita algo? – Preguntó Esther – Ella es más frágil de lo que aparenta –
-       Entiendo tu preocupación, aunque no me creas – dijo al ver la mirada inquisidora de la mujer – yo estaré junto a ella para lo que necesite, recuerda que nunca estará sola –
-       Pero, ella es mi niñita, mi conchito... ¿Y si no quiere ir?–

Esther se sentó en un sillón, tomó un retrato que había en una mesita y observó la foto. Ariadna de cuatro años, reía junto a sus hermanos, en el fondo se veía un gran árbol de navidad y a su alrededor pedazos de papel de regalo tirados. Esther sabía que no había nada que ella pudiera hacer para que su hija no se fuera, era su destino. Cuando tuvo por primera vez en sus brazos a Ariadna supo que no la querría dejar ir, su madre también lo supo. Como la detestó cuando le explicó lo que significaba que fuera niña, no podía ser que su hija estuviera destinada a tal peligro, no era lógico. Esther recorrió la habitación con su mirada, no sería lo mismo sin ella.

-       Sí, querrá. La conozco muy bien. Ten por seguro que yo la cuidaré. Y además Ariadna es Ariadna, recuerda que una vez te dijo que ella sabía que este no era su lugar, que había algo más, ¿te acuerdas? Mira, eventualmente sería esto o ella misma te obligaría a llevarla al psiquiatra… – Yélahiah se acercó por detrás del sillón – Ya es hora.
-       Cuídala, te lo ruego, no dejes que se olvide de nosotros, hazle saber que...que yo la... – La última frase se ahogo en su interior. Las lágrimas corrían por su rostro.
-       Se lo diré –

Yélahiah desapareció. Dos mujeres miraban por la ventana pensando en el rumbo que seguirían sus hijas, no era su decisión. Ellas no podían hacer nada, solo contaban con la seguridad de que sus madres también lo habían hecho y habían salido bien de ese sacrificio que estaban obligadas a cumplir. Se alzaban los rayos del sol, la luna aún seguía en lo alto del cielo, la historia comenzaba...

Ariadna abrió los ojos y frunció el ceño. Esa no era su cama, ni su pieza. No recordaba siquiera haber salido de su casa, menos haber ido de campamento y esto era muy elaborado para que lo hubieran hecho sus hermanos, además, Yélahiah la habría despertado de haber sido así ¿Y Yélahiah dónde estaba? A estas alturas ya estaría frente a ella, contando alguna de sus teorías. Entonces sintió un golpe seco seguido por un quejido y un lloriqueo. Miró hacia un lado y vio un bulto en el suelo quejándose.

Isis se giró la derecha, un hilo se le enterró en el hombro, se giró a la izquierda, no le gustaba dormir para ese lado, puso la cabeza hacia donde debían ir los pies y los pies en donde debe ir la cabeza, no le gustó. Volvió a la primera posición y abrió un ojo, esperando encontrar una respuesta que explicara por qué su cama era tan incómoda y por qué se movía. Al notar que el techo no se parecía en nada al de su casa ni al de ninguna de sus amigas (por un momento pensó que se había escapado de su casa pero no recordaba haber peleado con su madre) abrió el otro ojo y al tratar de acomodarse, nuevamente, se cayó. Recién ahí notó que alguien la estaba mirando fijamente y que no era Mahasiah ¿Quién era?

       -  ¡¿POR QUÉ ESTÁS EN MI PIEZA?! - 

Mahasiah salió de la tienda en la que dormían las chicas, miró a su alrededor, después de muchos años por fin estaba en su hogar. Observó el bosque, pronto tendría que adentrarse nuevamente allí, después de dieciséis años comenzaba su verdadera misión. Escuchó el grito de su protegida y con un suspiro dio media vuelta y entró.

-       ¡Yélahiah! – llamó, no es que no pudiera con las dos niñas, no, para nada, es que no conocía a Ariadna…  
-       ¡Mahasiah! – entró histriónicamente Yélahiah - ¡Tantos años! ¿Cómo te ha ido? No has cambiado para nada, sigues igual de feo – Dijo abrazándolo y hablando rápidamente.
-       Si, si, si, muchos años, tu tampoco has cambiado. – lo detuvo - Ayuda
-        ¿es genial todo esto, no? – dijo en su propio mundo, mirando alrededor y  abrazando a su amigo nuevamente, y Mahasiah, cediendo a la alegría de su amigo, lo abrazó de vuelta. Fue ahí cuando se escuchó el grito de Isis.
-       ¡aaahhh! ¡Mahasiah, nunca me dijiste que tenías NOVIO! ¿O sea que él es mi cuñado? Hola, cuñis – saludó con los dedos desde el suelo.
-       ¿Cuándo cambiaste de bando? Pobre de todos nosotros. Aléjate de mí – lo empujó con teatralidad.
-       Ehh… yo me voy – Ariadna se levantó de su hamaca dio dos pasos fuera de la tienda antes de que Yélahiah la tomara por el brazo y la hizo devolverse. La llevó hasta la hamaca y la sentó, todo tomado del brazo de la muchacha.
-       Tú te quedas ahí. Sentadita te ves más bonita – Ariadna lo miró un momento anonadada y luego le dio un agarrón en el brazo – ¡Auch! Eso duele.

 Todo esto sucedía mientras Isis miraba aún desde el suelo a la otra niña preguntándose cómo era posible que no se cayera de la hamaca, es decir, no es como si ella no se supiera equilibrar, no era tan torpe ¿cierto?

Su línea de pensamiento fue interrumpida por Mahasiah, tuvo que enfocar su atención en él y preguntarle, como tantas otras veces, que era lo que había dicho, porque con sinceridad, no lo había escuchado.

-        Te pregunte que por qué aun estas en el suelo – respondió cansinamente.
-        Es que estoy esperando a que me vengas a levantar – alzó una mano en dirección a su amigo moviendo los dedos - ¡ah! Verdad que no me puedes tocar - dijo dramatizando cada uno de sus movimientos (otra más) terminando cruzada de brazos. Mahasiah suspiró, la levantó del suelo de tierra, la sentó en la hamaca, la acomodó de forma que no se cayera, dio dos pasos atrás, la miró un momento, se volvió hacia el otro par que seguía discutiendo el hecho de que Yélahiah fuera tangible, volvió a mirar a Isis, pero esta vez, ella en vez de estar sentada se encontraba nuevamente hecha un bulto en el suelo con la hamaca encima. - me siento como una sirena – se quejó
-        ¿por qué como una sirena?
-        Porque los peces son feos.
-        ¿Quién demonios es ella? – preguntó Ariadna cansada de las vagas explicaciones  y vueltas concéntricas de las respuestas de Yélahiah.
-                      -          ¡Ay! Pero no me pegues, si al tiro te explico… ¡pero abrázame! –

Mahasiah los miró a todos intentando ordenar sus pensamientos para poder comenzar a explicar todo lo que estaba a punto de suceder.

3 comentarios:

  1. Me gustó, me tocó mi corazoncito la forma en que se narra la angustia de las madres

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  2. Narrativa ágil, personajes carismáticos =D
    me tienen enganchada.
    Saludines a las autoras n.n

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  3. xD congratulations!!!! tienen una facilidad increible para hipnotizar con su escritura,no puedo dejar de leer!!! (ame sus personajes ^^)

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