lunes, 15 de agosto de 2011

Capítulo II: Insisto, están todos locos…

Mahasiah abrió la boca para comenzar a explicar cuando una horda, perdón, cinco elfas entraron como un huracán a la tienda. Una de ellas, que parecía ser la cabecilla los sacó a ambos, Mahasiah y Yélahiah, de la tienda a empujones y farfullando muy rápido daba órdenes de salir de la tienda y cambiar de ropas a alguien, complicando y confundiendo a todos.
-        ¿te tengo que cambiar la ropa yo a ti? – preguntó aun medio aturdido Yélahiah - ¿o no te gusta lo que llevo? – Mahasiah, aun choqueado por la escandalosa entrada de las elfas logró recordar porque debían cambiarse de ropa – no  me quiero cambiar de ropa… me gusta la ropa que llevo…-
-        Ya, ya, vamos de ahí te explico. – ambos amigos comenzaron a alejarse de la tienda cuando de la nada Yélahiah se detiene y mira fijamente al otro muchacho.
-        ¡Mahasiah! ¡Tantos años! ¿Cómo te ha ido? No has cambiado para nada, sigues igual de feo – Dijo rápidamente Yélahiah
-        Muchos años, tú tampoco has cambiado, sigues igual de infantil – Mahasiah rió ante el poco poder de concentración de su amigo.
-        Si, ¿es genial, no? –
Mahasiah sonrío, tenían mucho de qué hablar. Caminaron hacia el lago, allí podrían descansar un rato y ponerse al tanto antes de la ceremonia. Ambos caminaron  hablando de cómo habían sido sus vidas junto a sus protegidas, más bien, Yélahiah hablaba y Mahasiah lo escuchaba asintiendo de vez en cuando. Llegaron a la ribera del río y se sentaron en el suelo, Yélahiah tomó una piedra y la tiró. El moreno observó a su amigo lanzar la piedra, no había cambiado en nada, aún seguía con ese aire infantil que lo caracterizaba, aún se reía por todo.
-        He hablado mucho sobre Ariadna, pero tú no has dicho ni una palabra sobre Isis, dime ¿se parece a Helena? – preguntó Yélahiah tomando por sorpresa a Mahasiah –
-        Son dos gotas de agua, es igual de alegre, siempre viendo el lado bueno de las personas, muy inteligente pero muy inquieta. Eso te lo puedo asegurar, problemática, como nadie, pero buena persona y muy sociable, inclusive en lo físico, tiene los mismos ojos –
-        Wow... Ariadna también es igual a Amelia, es seria, irónica y puede llegar a ser malvada, los ojos son idénticos ¡pero idénticos! Cuando piensa en alguna maldad sus ojos cambian de pardos a verdes esmeralda. – tomó aire - Ambas son demasiado distintas, ¿tú crees que encajen?
-        Sus abuelas lo hicieron, ¿por qué ellas no? – respondió con simpleza Mahasiah, quien era como una versión masculina de Isis, pero más alto, lo cual es mucho decir ya que la chica no era de las de estatura promedio. –
-        Sí. es verdad, pero ¿después de cuantas peleas se hicieron amigas?-
-        No te preocupes, lo harán. -  
Yélahiah lo miró no muy seguro de lo que decía mientras se acomodaba el cabello  trigueño, pero no podían hacer nada, ya estaban allí. Se encogió de hombros y se levantó de un salto, su contextura era delgada, como Ariadna. Mahasiah lo imitó y ambos se acercaron al camino para hablar con los elfos y enterarse en qué iba la ceremonia.

Mientras tanto en la carpa…
-        ¿Es necesario que me trences el pelo? ¡Lo quiero suelto! – Alegó Isis mientras una de las elfas trataba de peinárselo –
-        Pero, majestad ¡Quédese quieta, por favor! –
-        ¡Ya sé! – Exclamó levantando los brazos - ¿Y si me haces trencitas solo en los mechones cortos? Aquí adelante. Se vería súper lindo –
-        ¡Sí! ¡Me encanta la idea! – Dijo Fadinhe, la cabecilla del grupo de elfas –
Ariadna, que a diferencia de Isis, no estaba para nada cómoda con que personas que no conocía la trataran de vestir e invadieran su espacio personal.
-        ¡¿Quieren dejar de tocarme?! ¡Me sé vestir sola desde que tengo 3 años! – Gritó mientras enarbolaba un cepillo como arma, tratando de alejar a las elfas, quienes la miraban asustada y de no ser porque Fadinhe estaba en la puerta de la tienda, habrían salido corriendo. Fadinhe se acercó a la hechicera de ojos verdes ¿tenía los ojos verdes cuando ella entró a la carpa?
-        Majestad – comenzó manteniendo cierta distancia, mientras Ariadna aún empuñaba su cepillo y se hacía de una peineta en la otra mano – Son ropajes complejos de poner, no creo que usted pueda ponérselas sola – Sonrió con cuidado – Déjennos ayudarla, majestad – Ariadna la miró seria y bajó el cepillo, pero no lo soltó, si era necesario lo podía ocupar para tirárselo a alguien en la cabeza – Ustedes dos – llamó a las dos elfas que aún estaban cerca de la salida – Ayúdenla, pero no invadan su espacio personal –Sonrió satisfecha mientras Ariadna comenzaba a cooperar.
-        Sin ánimo de ofender, ¿ustedes qué son? – Preguntó la muchacha. Fadinhe sonrió más tranquila.
-        Yo soy Fadinhe y somos todas elfas – Contestó – Y fuimos encomendadas para prepararlas para la ceremonia –
-        ¡¿Qué ceremonia?! ¡¿Sacrificio humano?! – Gritó Isis desde el otro lado - ¡Yo no quiero sacrificios! ¡Sacrifiquen a Mahasiah, él tiene que protegerme, él me trajo aquí! –
-        No, majestad, no es una ceremonia de sacrificio, es de… ¿De qué era? – Preguntó Fadinhe mirando a las otras elfas –
-        De bienvenida – Contestó una de las elfas que atendía a Ariadna – Majestad ¿puedo tocar su cabello para peinarlo? – Ariadna lo pensó y luego se encogió de hombros –
-        Ahora haga “aaaa” – Dijo una de las elfas a Isis –
-        ¿Pero qué color es ése? No me va bien el café – Respondió la niña mirando con curiosidad – Necesito un espejo y un color que vaya con mi color de piel y el de mis ojos –
Ariadna la miró con ganas de tirarle el cepillo en la cabeza mientras Fadinhe seguía hablando y hablando.
-        Entonces ¿Por qué estamos acá? ¿Qué se supone que haremos? – Preguntó Ariadna –
-        ¿No les explicaron? – Fadinhe miró confundida a las demás elfas como si ellas tuvieran la respuesta. – No estoy segura, eso deben preguntárselo a Fadil –
-        ¿Y qué es Fadil? – Preguntó Isis –
Se escuchó un suspiro general y las elfas comenzaron a hablar todas al mismo tiempo “¡Ay si es tan lindo!”, “¡Noo! ¡Y el otro día me habló!”, “¡Ay y su pelo! Y es tan guapo”, “Tienen que conocerlo, majestades”.
-        ¡Y siempre le da al blanco! –
-        Y sabe usar tan pero tan bien su espada -
Ariadna al escuchar lo último prestó por primera vez atención a la conversación ¿con “espada” se referían a lo que ella creía que era? Miró a las elfas, tratando de entender a qué se referían, luego miró a Isis y notó que ella estaba igual de confundida. “Está intentando hacer chocar sus dos neuronas, seguro” pensó Ariadna.
-        ¿Es mi idea o eso sonó mal? – preguntó la muchacha –
-        Sonó mal – Respondió Isis – No pensé que ellas dirían algo así. ¿Pero están hablando de lo que yo creo que están hablando?
-        Espero que no -
-        Y es tan inteligente… -
Fue en ese momento en que se escuchó el grito de Fadinhe.
-        ¡QUÉ BUENO NI QUE NADA! ¡PASA TODO EL DÍA JUGANDO CON ESA BENDITA FLECHA Y ESE BENDITO ARCO! –
-        Ah… - Dijeron al unísono Ariadna e Isis, entendiendo por fin a qué se referían –
-        ¡Todos están tan orgulloso del GRAN GUERRERO! – Continuó acaloradamente, poniendo énfasis en “gran guerrero” - ¡PERO NUNCA HACE NADA! ¡ES UN INÚTIL! ¡Claro, como el lindo anda matando gente con su espada, todos lo adoran! ¡¿QUÉ TÉCNICA NI QUÉ NADA?! ¡YO CON UN CEPILLO LE GANO! Y una, aquí, descuerándose, ahí de rodillas buscando plantitas, agarrando ortigas – Tomó aire, espero unos segundos y continuó - POR QUE CUANDO LLEGA EL LINDO DE LAS BATALLAS, HECHO UNA MASA ÉLFICA ¿QUIÉN LO TIENE QUE CURAR? ¡LA HERMANA! Claro, no se puede ni cocinar solo, pero para estar vanagloriándose de sus batallas no le cuesta nada… ¡¿QUIÉN TIENE QUE REMENDARLE LA ROPA?!  ¡LA HERMANA! ¡Y CUANDO EL CHISTOSO LLEGA DE ESAS FIESTAS SUYAS, PASADO A VINO Y NO QUIERE QUE LOS PAPÁS SE ENTEREN! ¡¿QUIÉN ES LA QUE TIENE QUE SOBARLE LA ESPALDITA EN EL PEOR MOMENTO?! ¡LA HERMANA! Ya va a ver, un día me voy a ir y no me importa lo que me digan mis papás, él tiene que aprender a cuidarse solo… ¡SI YO SOY LA HERMANA MENOR, NADA MÁS! No soy su esposa… ¡A VER SI SE CASA Y ME DEJA TRANQUILA! Fadil… Idiota, inútil… - Fadinhe respiró y se apoyó en la estructura de la hamaca más cercana y luego de unos segundos recordó que no estaba sola. Miró espantada a las hechiceras -  ¡Mis más sinceras disculpas, majestades! No fue mi intención explotar así, pero es que ese hermano mío… -
-        Sí, sí, te entiendo… - Dijo Isis sin darle mucha importancia–
-        Hermanos… - Dijeron las tres –
-        Todos son inútiles – Agregó Ariadna –
-        Bueno ¡de todas formas tenemos que dejarlas bonitas para la ceremonia! –

Mahasiah y Yélahiah volvieron al campamento para encontrarse con las niñas. Las elfas iban saliendo de la tienda.
Fadinhe pasó por al lado de ambos y les sonrió.
-        Todas suyas, muchachos – Dijo guiñándoles un ojo coquetamente a ambos y salió.
El par vio alejarse a la elfa y luego entraron.
-        Creo que ya se conocen... Ariadna, ella es Isis – Dijo Yélahiah sin dejar de abrazarla–
-        ¿Cómo me conoces? ¿Quiénes son estas personas, Mahasiah? Y ¿Dónde estamos? ¡Es verdad! Me debes una explicación – Isis miró a Mahasiah esperando su respuesta- ¿Y? ¡Uuuhhh! Ya no eres transparente y eres…tocable – dijo mientras comenzaba a pincharlo en el brazo con su dedo índice, otra vez.
-        Bien, déjame - tosió – ¡Que me dejes!  - repitió mientras la niña le estiraba las mejillas y le tiraba el pelo convenciéndose de que era real.
-        ¡Sabía que no eras producto de mi imaginación! ¡sabía que eras real! – gritó mientras se levantaba de la hamaca, en la que al final pudo sentarse. Mahasiah la miró feo, luego le dirigió una pequeña sonrisa y la abrazó. 
-        Tonta – se separaron y volvió a sentarse en la hamaca – ahora deja que te lo explique. Estamos en mi mundo, nuestro mundo – agregó apuntando a Yélahiah que aún no soltaba a Ariadna – es una larga historia –
-        Tengo mucho tiempo – interrumpió Ariadna intentando separarse de la lapa que era el trigueño – Quiero saber por qué estoy aquí y no en mi casa como se supone que debería ser, y además ¿Quiénes son ustedes? – preguntó apuntando a Isis y Mahasiah – Y quiero una razón lógica ahora ya, ¡Ya suéltame! –
-        Será mejor que salgamos y cuidado con los vestidos, no se vayan a caer -
Mahasiah y Yélahiah salieron dejándolas con la palabra en la boca, Isis agarró la falda del vestido, una túnica dorada, encima una bata blanca y un cinturón delgado, para poder caminar bien. Ariadna se acomodó el vestido, que a diferencia del de Isis, era morado y blanco. Se levantó y salió de la tienda dignamente.

Observó detenidamente todo el lugar, estaban cerca de un bosque. Vio a lo lejos las montañas, oyó el sonido del río que estaba cerca. El viento movía su largo cabello. Aquel sitio era una quimera, como sacado de un cuento de hadas, pero estaba allí, lo podía ver, oler, sentir. “Qué maravilla” pensó. Alguien pasó corriendo por su lado, vio que era aquella extraña chica de la tienda. La observó por primera vez y le llamó la atención su cabello, el cual lo llevaba desordenado con mechas extremadamente cortas y otras demasiado largas, un corte muy irregular según Ariadna.
Isis salió corriendo de la tienda, pasó por el lado de Ariadna, corrió hasta un árbol y se escondió detrás. Quería salir de ese lugar. Sí, era lindo, lo aceptaba, pero no era su hogar. Sus padres y sus hermanos estarían muy preocupados, ni siquiera había dejado una nota. “Cuando me escapo en la noche al menos aviso donde voy” pensó jugando con la manga de su vestido. A Mahasiah lo había dejado en la tienda, quería que le respondieran algunas dudas y él no lo iba a hacer en ese momento. De repente oyó el galope de unos caballos, suspiró, lo que faltaba, animales salvajes. Tomó un mechón de su cabello, desarmó una trenza y la volvió a hacer, debía buscar una salida y volver a su casa.
-        Debo salir de acá – Suspiró
-        No lo creo, majestad, sin vuestra ayuda no sobreviviremos – dijo una voz suave y melodiosa –
Isis se paró y miró curiosa el punto desde donde venía la voz, dio dos pasos y desde atrás del árbol salió un joven alto, de orejas puntiagudas y belleza salvaje. Sus ojos eran enormes y rasgados, entre celeste y plomizo, largos mechones cobrizos caían sobre sus hombros. Le sonrió gentilmente e hizo una reverencia. Isis notó que llevaba una vaina en la cintura. Retrocedió un paso sin quitarle la vista de encima. El joven seguía sonriéndole.
-        No os asustéis, no os haré daño. Soy Fadil, guerrero y elfo del bosque. – Se presentó – Su servidor. – Isis rió y se aclaró la garganta.
-        Yo soy Isis. Así que tú eres el famoso Fadil… – Dijo Isis con un dejo de picardía, que pasó desapercibido para Fadil, quien se rió.
-        Me complace saber que ha oído de mí… Pero no entiendo por qué se ríe  -
-        Detalles, detalles… – Isis le dio la espalda y se cruzó de brazos –
-        Majestad, no deberíais estar acá, el bosque es peligroso si andáis sola. –
-        Sé cuidarme sola – replicó Isis sin siquiera mirarlo – Además no lo estoy, Mahasiah llegará en cualquier momento.
-         Vamos, os acompañaré, yo también debo ir para allá –
-        Está bien, pero no me llames majestad, ¿siempre hablas tan raro?  -
Fadil se perdió entre unos árboles, luego de unos minutos volvió junto a su caballo, una hermosa criatura de cabello café que relinchaba alegre por estar con su dueño. Isis acarició el pelaje del animal, nunca había visto un caballo tan bello.
-        Su divinidad – Isis lo fulminó con la mirada – Montad.
La chica lo miró raro y se subió detrás de Fadil.
-        Invítame algo primero –
-        ¿Ah? –
-        Nada – Sonrió picaronamente la niña.
El caballo avanzó rápidamente. Isis sintió el viento en su cara. Se abrazó a la cintura de Fadil, por alguna extraña razón aquel joven le daba confianza, intento comprobar si sus orejas en verdad eran puntiagudas, pero antes de que lo lograra llegaron al campamento. Había más personas que las que Isis había visto antes.

El elfo ayudó a Isis a bajar y luego amarró el caballo a un árbol. La chica caminó hasta donde estaba Ariadna, la miró fijamente.
Ariadna miraba el cielo. Tenía un tono diferente de azul. No había visto a Yélahiah desde que lo dejó en la carpa, ni tampoco a los otros dos, así que se había sentado bajo un árbol a mirar. Sintió el galope de unos caballos, vio que llegaban cuatro jinetes. Al verla detuvieron sus caballos, se bajaron y le hicieron una reverencia, retomaron su camino, Ariadna los miró confusa. Agitó la cabeza, ¿se estaría volviendo loca? Se fijó en que algunas de las personas que estaban allí tenían las orejas puntiagudas, y que al verla le sonreían o le hacían una reverencia. Al principio le era totalmente incómodo pero luego se acostumbró. Solía responder con un gesto de la cabeza o movía la mano o los ignoraba. Vio llegar otro caballo, pero el jinete no venía solo. Observó como el joven ayudaba a Isis a bajar del caballo. Miró el cielo. Que aburrida estaba. La chica del extraño corte se le acercó y la miró fijamente. Se sentó a su lado y observó el cielo.
-        Qué extraño ¿Qué ves? –
-        El cielo – respondió con indiferencia Ariadna –
-        ¿Sabías que algún día los pajaritos evolucionaran tanto que podrán volar hasta la luna? Sip, si es que no es más lejos. Y sin casco de astronauta–
-        ¿Has estado hablando con Yélahiah? –
-        ¿Quién es Yélahiah? – Ariadna se golpeó la frente.
Lo que en verdad quería saber era porque la llamaban hechicera, la habían llamado bruja antes pero nunca con el mismo respeto ceremonial con el que se dirigían a ella ahora. Aunque prefería no sacar conclusiones apresuradas, pero algo le había llamado la atención de qué todos la trataban de “su majestad, divinidad”, era raro.
-        ¿A ti también te dicen “majestad” y cosas así? –
-        ¡Sí! Recién Fadil me dijo así todo el rato – Contestó entusiasmada Isis-
-        ¿Fadil? – preguntó  divertida Ariadna –
-        Sip,  él me trajo en caballo hasta acá. -
-        ¿Y achunta todas las flechas cómo dicen que hace? –
-        Ay no sé, pero sí lleva una espada y me dijo que montara con él… - Ambas comenzaron a reír – en caballo, obvio  -  Más risas.
Sonó un cuerno. Las dos chicas se levantaron y vieron que los elfos ya no estaban. Mahasiah y Yélahiah salieron de la tienda y se acercaron hacia ellas, indicando que debían adentrarse al bosque y allí encontrarían algunas respuestas. Ambas caminaron junto a los dos jóvenes hacia el bosque. Isis llenaba de preguntas a Mahasiah pero éste se negaba a contestarlas. Ariadna, que ya había renunciado a hacer hablar a Yélahiah sobre cualquier cosa en serio, observaba todo el lugar, para así recordar por donde iban. Yélahiah la había tomado de la mano y era la primera vez que un silencio no lo incomodaba, es más, hasta parecía resultarle agradable.
De pronto aparecieron tres hombres y tres elfos. Se acomodaron alrededor del claro, dejando libre  el centro. Allí apareció un elfo, de apariencia mayor, de ojos oscuros y profundos, su cabello canoso lo llevaba amarrado en una trenza. Mahasiah  le susurró algo a Yélahiah, los cuatro estaban detrás de algunos árboles manteniéndose a distancia del claro. El elfo los observó fijamente. Ambos jóvenes se asomaron dejando a las niñas en donde estaban, los demás se hicieron a un lado, dejándoles pasar. Yélahiah y Mahasiah caminaron hacía el punto donde estaba el elfo, al llegar se inclinaron en una reverencia. El elfo le sonrió.
-        Con regocijo os damos la bienvenida, Mahasiah y Yélahiah. Vuestras noticias son esperadas con ansias. –
-        Gustosos os daremos las buenas nuevas – Dijo Yélahiah – Ariadna la hechicera, nieta de Amelia, está con nosotros.
-        Isis, la hechicera, nieta de Helena, está aquí – Agregó Mahasiah.
Una exclamación de sorpresa se oyó entre los presentes.
-        No nos hagáis esperar más, traedlas. –
Yélahiah caminó hacia donde estaba Ariadna y la tomó de la mano. Mahasiah se acercó a Isis, la tomó de la mano, la chica lo fulminó con la mirada y le reclamó que no quería ir.
-        Confía en mí – le dijo Mahasiah.
Isis lo miró detenidamente y salió de atrás del árbol, caminó hacia el centro seguida por Mahasiah. Ambas al caminar escucharon un sonoro “Oh” entre la multitud de los presentes.
-        Es igual a su abuela –
-        Tiene los mismos ojos –
-        Son guapas – Susurró Fadinhe a su hermano
-        Cállate – le susurró como respuesta
Ariadna se sonrojó levemente y caminó a paso rápido. Isis, en cambio, sonrió y caminó normal hacía el centro del claro. El elfo les sonrió, hizo una reverencia y los demás lo imitaron.
-        Bienvenida Ariadna, hechicera del agua y la tierra. Bienvenida Isis, hechicera del fuego y del aire. No sabéis cuanto tiempo os hemos esperado. Con gozo os recibimos. –
Isis notó que Ariadna estaba igual de confundida que ella.
-        Me presento. Soy Wulfric, cabecilla de las fuerzas de guerreros elfos y humilde servidor de las más grandes hechiceras, Helena y Amelia y fiel servidor vuestro también. – continuó – Ellos – apuntó a los hombres – Son los representantes de los reinos de los hombres. Y aquellos – apuntó a los elfos – son los representantes de los clanes de los elfos.
-        Un momento – interrumpió Isis dando un paso adelante - ¿hechiceras? Debe estar bromeando. Si, suena genial y todo eso pero, ¿al menos me podrían explicar de dónde salió toda esa loca idea de que somos hechiceras y bla bla bla?
Wulfric observó detenidamente a Isis, como buscando las palabras exactas para responderle. Ariadna miraba la escena sin decir nada, aunque no le gustará admitirlo, opinaba lo mismo que Isis. ¿De dónde había salido toda esa historia de que ellas eran hechiceras? No recordaba que sus padres le hubieran dicho algo sobre eso, ¿o sí? “No. no lo hicieron.” Se dijo a sí misma. Mahasiah palideció cuando escuchó a Isis, aunque la entendía, en su lugar también habría preguntado, pero, no habría interrumpido a Wulfric. Yélahiah sonrió, medio avergonzado y medio divertido, esa chica sí que se parecía a Helena. 
-        ¿Y bien? – insistió –
-        Ustedes son parte de la historia de este mundo, al igual que lo han sido generaciones anteriores – respondió el guerrero – Tú has heredado los poderes y dones de Helena, tu abuela. Puedes controlar el fuego y el aire a tu antojo, hacer ilusiones.
Isis pensó que en cualquier momento su madre la despertaría y le diría que llegaría tarde al colegio. Ariadna escuchaba atentamente cada palabra que decía el guerrero.
-        Ariadna, tú has heredado los mismos poderes de Amelia. Controlas el agua y la tierra a tu gusto. Puedes leer la esencia de las cosas o personas.
La trigueña creyó que todo era una mentira,  que de un momento a otro saldría una cámara y uno de sus hermanos diría “¡Cámara indiscreta!”, pero no, no pasó nada de eso. Todos seguían igual de serios, sí que eran buenos actores.
-        Pero, pensemos hipotéticamente que es así, que somos “hechiceras” – dijo Isis haciendo las comillas de la palabra - ¿Por qué no lo sabíamos? ¿Nuestras familias saben? –
-        Si – contestó Mahasiah – ellos lo han sabido todo este tiempo, sabían que llegaría el día en que ustedes tendrían que viajar hasta acá.
La adolescente se sintió desfallecer. Todo este tiempo lo supieron y no se lo dijeron. Ni su abuela, con quien compartió cuando pequeña, al menos una pista hubiera servido. Isis suspiró, trató de calmarse, eran muchas cosas de golpe. En un principio lo había tomado como una broma, pero ahora era en serio. Ariadna miró a Yélahiah quien la observaba como pidiendo disculpas, por lo menos su familia sabía dónde estaba. Ahora todo tenía sentido, por eso las llamaban altezas, realeza y todo eso.
-        O sea – miró a Mahasiah – Mis papás sabían que tu existías, incluso cuando les dije que en mi colegio faltaba un puesto para que te sentaras y ellos me dijeron que no me preocupara. ¡Tú sabes cuánto odio la mentira! – reclamó – Supongo que tú tampoco sabías nada, ¿o sí? – preguntó a Ariadna
-        No, no sabía nada. También me tomó por sorpresa. – contestó – Pero, bueno, ¿y para qué nos necesitan aquí? – Le preguntó a Wulfric.
El elfo sintió como una ola de tranquilidad invadía su mente, aquella chica se parecía a Amelia. Suspiró.
-        Ustedes están aquí para devolver el equilibrio a la magia. Cuando sus abuelas murieron se llevaron consigo la armonía de nuestro mundo, lo cual permitió que el mal ascendiera al poder. Desde entonces hemos esperado la llegada de vosotras para declarar la guerra. Primero debéis aprender el antiguo arte de la magia, controlar sus poderes y así devolver la paz a nuestro mundo. –
-        ¿Dónde aprenderemos todo eso? – preguntó Ariadna –
-        Debéis ir a las montañas. Allí viven tres brujas: Ízar, Circe y Lucis. Ellas os enseñarán todos los secretos que debéis saber. Cuando llegue el momento, uniremos fuerzas con las criaturas que están de nuestro lado. Pero en este viaje no estarán solas, Mahasiah y Yélahiah os acompañarán junto a Fadil, elfo del bosque y el mejor guerrero de nuestro pueblo, que os cuidará.
Fadil se abrió paso e hizo una reverencia, ignorando el bufido de su hermana. Observó fijamente a Ariadna y luego volvió su vista a Wulfric. Isis notó el leve sonrojo en el elfo y no pudo evitar que una pequeña sonrisa cruzara su rostro. Wulfric, quien notó lo mismo que Isis, endureció su expresión y le explicó a Fadil donde debía llevar a las hechiceras.
-        Será un placer – dijo el elfo –
-        Os dejo a cargo de Fadil. Él sabe a dónde debéis ir y como podéis llegar. Pronto nos volveremos a ver.
El elfo desapareció junto a la comitiva. El silencio volvió al bosque. Ariadna observó el lugar, se sentía tanta paz. Fadil se acercó y saludó a Mahasiah y Yélahiah, como si fueran antiguos amigos. Ariadna e Isis cruzaron miradas.
-        Él sabe usar la espada… - Susurró Isis a Ariadna –
-        Cállate – Le respondió en un susurro.
-        Fadil, ellas son Isis y Ariadna - Dijo Mahasiah.
Fadil sonrió a Isis, quien se la devolvió y miró fugazmente a Ariadna. El elfo saludó con una reverencia a la trigueña. Ariadna lo observó cómo evaluando la situación, así que solo levantó una ceja mientras miraba a  Yélahiah, quien se dio cuenta y miró fijamente a la chica, “Aquí pasa algo – pensó -  y yo lo quiero saber”. Mahasiah sonrió y les indicó que era mejor volver al campamento, no tenían nada más que hacer allí.
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-        Yo creo que – comenzó Isis – todos ustedes están locos.
Ariadna la miró indiferente. Yélahiah sonrió y se sentó al lado de ella.
-        No estamos locos, es solo que de a poco comenzarás a entender nuestro mundo, y por qué las necesitamos aquí. –
-        Pero, aun no entiendo por qué ¿Qué pasó después de que murió mi abuela? Digo, ¿nuestras abuelas? – Preguntó Ariadna.
Mahasiah y Yélahiah miraron a Fadil esperando una respuesta, mientras éste pensaba en que decir. Isis se cruzó de brazos y salió de la tienda, Ariadna la observó sin entender a donde iba.
-        ¿Por qué siempre se va? – preguntó la chica.
-        No le gusta estar en un mismo lugar mucho tiempo – contestó Mahasiah.
-        Entonces, ¿qué pasó? – volvió a preguntar – Nos deben una explicación.
-        Es complicado… y doloroso de explicar – Comenzó Fadil – No es que no quiera contaros, pero no es agradable de recordar –
-        Tú tampoco eres agradable – Le dijo Fadinhe a su hermano, quien la miró sin comprender.
-        ¿Y por qué hablas así? – preguntó Ariadna, ignorando el comentario de la elfa. El elfo la miró confundido – ¿”contaros”? – Fadil sonrió.
-        Así me enseñaron a hablar delante de su majestad – contestó.
-        “Delante de su majestad” – Imitó Fadinhe burlescamente, mirándolo como diciendo “eres un idiota y te odio” – Sin ofender – Dijo mirando a Ariadna.
-        Habla normal, y explícame – Exigió la chica.


domingo, 7 de agosto de 2011

Capítulo I: ¡Ustedes están todos locos!

Ariadna se desperezó. Miró la hora, siete y cuarto, era temprano. Se levantó lentamente y observó el uniforme que estaba colgado en la percha, otro día aburrido en su lista de días aburridos. Se miró al espejo, notó las ojeras debajo de sus ojos, todo por quedarse leyendo hasta las 3 de la madrugada, “No es tanto – pensó – Me lavo la cara y listo”. Luego de dar vueltas en su pieza mientras se vestía, para desesperación de Yélahiah que todo lo hacía rápido, bajó y tomó desayuno tranquilamente, cosa que sólo pasaba cuando sus hermanos no estaban, se despidió de su madre y se fue. “Otro día más”.

Isis se levantó aquella mañana con una extraña sensación en su estómago, ¿acaso eran nervios? No sabría explicarlo, pero cada vez que sentía eso era porque algo iba a pasar, ojalá algo bueno. Miró la hora, ocho y treinta. “Vas a llegar tarde. Otra vez” escuchó la voz de Mahasiah a su lado. Se vistió rápidamente con el uniforme de su colegio, tomó su bolso y bajó las escaleras corriendo mientras ataba su desordenado cabello oscuro en una cola, aunque sabía que después se la desarmaría.

-       Otra vez tarde –
Isis miró a Jorquera, el inspector que la recibía cada vez que llegaba atrasada, también cada vez que la echaban de la sala, y cada vez que la mandaban a inspectoría por alguna razón, según ella “violaba su libertad de expresión”.

-       ¡Inspector! – saludó sonriente - ¿Cómo está?
-       Bien, debido a que llegué temprano –
-       ¿En serio? ¡Lo felicito! – La chica pasó su libreta al inspector quien la timbró –
-       Siempre tarde – retó mientras firmaba la libreta –
-       No, lo mejor se hace esperar – Corrigió mientras la guardaba en su bolso, luego entró al colegio despidiéndose con un gesto de la mano.

Caminó por los pasillos saludando con señas a alumnos y profesores. Entró a la sala y se sentó junto a sus amigas al final de una fila. Colgó la mochila en la silla, sacó un cuaderno y un estuche y los dejó en la mesa. De todos modos sabía que no haría nada en esa clase, tenía cosas más importantes que hacer, como por ejemplo: conversar con los demás. ¿Tareas? Se las conseguía con los chicos, con una simple sonrisa bastaba. Si, a decir verdad su vida en el colegio era bastante simple, sacaba buenas calificaciones, no porque copiara en las pruebas, en realidad nunca lo había hecho, a pesar de que armaba bullicio en la sala estaba pendiente de lo que decía el profesor.

Además de ser una alumna ejemplar en cuanto a notas, bueno, también sobresalía por el desorden que armaba en clases, y en el colegio en general. Su día se destacaba por pasarlo en inspectoría y en algunas ocasiones donde el director, a quien se lo había ganado con su carisma y chispa al hablar.

Montaba un caballo negro como la noche por un hermoso prado, sentía el viento rozar su rostro, cabalgaba sola, libre, tranquila. Pero alguien apareció a su lado, otro caballo, uno blanco, una chica lo montaba, pero no le podía ver el rostro.

-       ¡A que te gano! – le gritó la joven, mientras apuraba el paso de su caballo.

Ariadna observó a la extraña, algo había en ella que le resultaba peculiar, sin dudarlo decidió seguirla, mas por curiosidad que por qué se lo hubieran dicho. Llegaron a un bosque y vio la figura de la chica a lo lejos, algo había en ella que le llamaba la atención. Se acercó, le tocó el hombro, la joven se dio vuelta lentamente, tenía agachada la cabeza y poco a poco comenzó a levantar la vista y....

-       ¡Ariadna Nox! –

Se despertó de golpe y miró al profesor, quien la observaba impaciente con el libro abierto.

-       ¿Sí? – Preguntó refregándose los ojos.
-       Hace 5 minutos que la estoy llamando y usted no contesta ¿Me podría explicar que estaba haciendo? –

Ariadna se mordió el labio inferior, que le podía decir, ¿qué estaba durmiendo? “No, piensa algo, piensa...”. Una voz masculina le dijo a su oído que contestara que estaba leyendo. Ella sabía quién era, le hizo caso sólo por el hecho de estar tan dormida que no sabía lo que decía, aunque estaba segura que ella era mejor en las mentiras que él.

-       Estaba leyendo – Contestó con seguridad en su voz, el profesor la miró con el ceño fruncido.
-       ¿En serio? ¿Qué cosa? –
-       La materia que pasó la otra semana –

Esperaba que le creyera, de todos modos era su alumna preferida. El profesor se acomodó los lentes y volvió su vista al libro de clases, siguiendo con la rutina de llamar a los alumnos. Ariadna suspiró, al parecer si le había creído. Trató de recordar el sueño que había tenido recién, pero todo era muy borroso, por más que lo intentaba no podía acordarse. ¿Quién era la otra chica? Y lo peor, ¿Por qué era tan importante? “Bah – pensó - solo fue un sueño”. Sacó un libro de su bolso y comenzó a leer, no había nada mejor que hacer.

-       ¡Bájese de la mesa Sta. Fonteius! – Marta, la profesora de matemáticas, gritaba histérica y miraba como la chica trataba de sacar algo del techo - Le dije que...
-       Si te escuché Marta, no soy sorda – interrumpió la muchacha con tranquilidad en su voz mientras trataba de alcanzar algo del techo – Es sólo que quiero sacar un bicho que hay ahí –

Isis sacó una servilleta que tenía en su bolsillo y tomó una polilla que estaba en el techo, se bajó de la mesa, camino tranquilamente a la ventana y la dejó libre. Luego se giró a la profesora y le sonrió. Realmente no había hecho nada malo, sólo había sacado el insecto que tenía histéricas a sus compañeras de la sala, aunque claro, la profesora no opinaba lo mismo. Luego de una guerra de miradas se pasó a una discusión que terminó en una simple frase.

-       ¡Váyase a Inspectoría y no vuelva sin una suspensión! – Isis suspiró, caminó hasta la puerta y luego se dio vuelta.
-       Una duda, ¿Cómo quieres que vuelva si voy a estar suspendida? –

Todos los alumnos, hasta ese momento en completo silencio se largaron a reír a carcajadas. La expresión de la profesora cambió de enojo a cólera, Isis supo que en ese momento su vida corría peligro, lo mejor era irse.

Ariadna entró a su casa mientras trataba de ignorar aquella voz en su oído que la llegaba a marear. Su madre salió desde la cocina y la saludó, ella le respondió y subió hasta su habitación. Dejó la mochila en el suelo y se cambio de ropa, el uniforme la agotaba. Tomó la laptop que estaba en su escritorio y se sentó sobre sus piernas cruzadas en el sillón. Escribió la contraseña, la pantalla azul cambio a negro y apareció en el fondo el dibujo de una bruja, le gustaba esa imagen, la combinación de colores, todo. Comenzó a escuchar música y a leer un libro que tenía guardado en el computador. Estaba tan absorta leyendo que no escucho las cinco veces que la llamaron. Alguien golpeó estruendosamente a la puerta.

-       Pasen – Solamente sus hermanos podían volver los golpes en la puerta un concierto de batería.

Entraron sus hermanos, Ian y Bruno que a sus 18 años aún eran inquietos, molestosos, inmaduros, se parecían a ella, tenían la misma forma de los ojos y el mismo color de cabello, bueno y para que ocultarlo, también eran muy guapos. Esto último había traído más de una molestia a Ariadna, sobre todo con sus compañeras de curso. Como aquella vez que ambos la fueron a buscar al colegio, ella al salir se encontró con un grupo de chicas con sonrisas tontas alrededor de sus hermanos.

-       Esther dice que bajes – Dijo Bruno acercándose a su hermana - ¿Qué haces? –
-       Déjala, ya está leyendo sus aburridos cuentos – Observó Ian, acercándose por el lado derecho.

Ariadna cerró la laptop y los miró fijamente. Ambos notaron que el color de sus ojos se volvía de un verde peligroso, que ellos ya conocían muy bien.

-       Sólo te veníamos a avisar –
-       Mejor nos vamos –

Los gemelos salieron rápidamente de la pieza de la chica, Ariadna sonrío.

-       ¿Qué les vas a hacer ahora? –
-       Nada malo – respondió mientras guardaba su laptop debajo de su cama – Solo arreglar ciertas cosas.

Yélahiah suspiró, ¿qué más podía hacer? De todos modos sabía que igual lo haría, solo perdería tiempo y palabras, pero no lo podía negar, se divertía con las venganzas de la chica. Ariadna salió y cerró la puerta, Yélahiah la traspasó.

Isis caminaba junto a sus amigas. Las risas y bromas flotaban en el aire, para Isis esos eran momentos únicos e inigualables, aunque pasaba con ellas la mayoría del tiempo nunca se cansaba de su presencia. Charlaban mientras caminaban por las calles.

-        Isis, ese chico te está mirando – Dijo Janis en un susurro audible, las demás sonrieron. Mahasiah miró a Isis como diciendo “compórtate, ni se te ocurra ir y hablarle…”–
-        ¡Ay Jan! No seas tonta, no me está mirando –
-        Ah no si no… – Comentó Sara.
-     Que son locas –
-        ¿Nosotras locas? ¡Entonces que te queda a ti! – Acotó Laura.

Las chicas comenzaron a reírse. Subieron por las escaleras mecánicas hasta el patio de comidas.

-        Quiero un helado – dijo revisando su bolso – de chocolate – agregó.
-        Yo también me voy a comprar uno, ¿Y ustedes? – Preguntó Janis
-        No, yo no – contestó Sara –
-        Yo quiero papas fritas – Laura sacó su billetera – Con mucha mayonesa – agregó con una sonrisa infantil - ¿Qué? – preguntó al ver a las otras riéndose – No almorcé hoy... – se excusó.

Isis fue con Janis a la tienda de helados, un joven de gorro y camisa roja las atendió.

-        ¡Hola!, quiero un helado de chocolate con chispitas – dijo infantilmente Isis, Janis se rió - ¿qué? Si eso es lo que quiero... –
-        Bueno, yo quiero un helado de frutilla –

Las chicas pagaron la cuenta y el joven les pasó los helados, miró a Isis y le guiñó un ojo coquetamente. La chica se sonrojó.

-        Nos vemos. -dijo él- ¡Oye! -Isis lo miró con su mejor sonrisa – Gracias por tu compra, vuelve pronto – agregó.

Isis se dio media vuelta y caminó hacia la mesa, bajo la atenta y para nada disimulada mirada de sus amigas, se sentó y miró fijamente la mesa. Notó las sonrisas de las otras.

-        ¿Qué? –preguntó

Bastó con eso para que comenzaran con las bromas. Mahasiah miraba ceñudo al tipo de la tienda, quien aún observaba a Isis. Notó que solo tendría unos 18 o 19 años. Si había algo que le molestaba de cuidarla era eso, que se le insinuarán y que, según él, ella los provocara. “En mis tiempos no éramos así” pensó frotándose la frente.

Ariadna pintaba en el patio trasero de su casa, se sentía bien ahí, el aire era fresco, el pasto era verde, sus hermanos no estaban y la vocecilla insistente de Yélahiah se escuchaba considerablemente menos. Buscó en su estuche esa caja de lápices acuarelables que había comprado el día anterior, le había sacado las monedas a sus hermanos durante un mes y había juntado el dinero que le daba su madre también para comprarlos. No los encontró. Dio vuelta el estuche y no estaban.

      -Yélahiah – su amigo no contestó, seguía hablándole de los pájaros y de que algún día podrían evolucionar y volar hasta la luna o algo así - ¡Yélahiah! ¿Has visto los lápices que compré ayer?
      - ¿ah? ¿Qué? No, no, no los he visto…. ¿no se los prestaste a tus hermanos? ¡Sí! ¡Eso! Se los prestaste a tus hermanos, pero tú no les prestas nunca nada a tus hermanos ¿por qué les prestaste tus lápices? ¿Acaso te estás convirtiendo en una mejor persona? No, que no sea eso. No lo soportaría.- se quedó mirando fijo a la muchacha - ¿por qué eras mejor persona?

Ariadna sacudió la cabeza, a veces su amigo la mareaba. Se levantó, si sus hermanos tenían sus lápices entonces ella tendría que tomar algo que a ellos les importase, algo así como la llave del cajón de sus admiradoras, sí, eso estaba bien, y la escondería en el cajón de las toallitas higiénicas de su madre. Ian y Bruno la vieron acercarse a la casa con ese tono verde tan peligroso en sus ojos, se miraron asustados y corrieron a esconderse. A veces su hermanita pequeña les daba mucho miedo.

El reloj marcó las tres de la madrugada, ambas chicas dormían en sus habitaciones; tres con cinco, Ariadna se movió a la derecha, Isis a la izquierda. Tres con diez, Ariadna se tapó hasta las orejas, Isis se destapó completamente. Tres con veinte, un golpe en la ventana, ambas abrieron sus ojos.

Ariadna, se acomodó en su almohada, otro golpe, algo se cayó, oyó pequeños pasos

-        ¡Ya, córtenla! ¡Hay gente que trata de dormir! – Gritó - ¡¿Quieren el par de brutos, y sí, hablo de ustedes dos, callarse de una?!

Se sentó en la cama y miró para todos lados, no había nadie. Suspiró. Volvió a acostarse pero algo la tiró de los pies.

-       ¿Qué demon...-

Le taparon la boca, de repente todo oscureció.

Isis se levantó y se acercó la ventana, estaba cerrada. Volvió a su cama y se tiró encima sin taparse. Cerró los ojos. Otro ruido, algo se quebró. Isis se levantó de un salto y miró a todos lados, notó que un florero yacía roto en el suelo.

-       ¡Dammit! Ahora sí que no fui yo. –

La chica tiró un cojín encima del florero, para ocultar la evidencia. Se acostó nuevamente, se giró a la derecha y volvió a cerrar los ojos. Sintió que alguien se movían a su alrededor, volvió a abrir los ojos, ya molesta de tanto bullicio, pero no vio nada. Se acomodó nuevamente para dormir pero divisó algo que se movía a los pies de su cama, se acercó y vio a un joven de orejas puntiagudas y ojos enormes ¿estaba durmiendo todavía? si era así entonces no había roto el florero, iba a preguntarle si seguía dormida cuando algo le tapó la boca y los ojos.

Abajo en la cocina su madre intentaba que no se la llevaran.

-       Estará bien, de eso no tienes que dudar – Le aseguró Mahasiah –
-       Cuídala, por favor, Isis es impulsiva, no hace caso y puede tener muchos defectos, pero, Mahasiah, no olvides que es mi hija, para mi es difícil dejarla ir. Sabía que llegaría el día pero... – la mujer se aliso las arrugas de su falda – Mi madre se arrepintió ¿sabes?, cuando vio a Isis por primera vez solo tenía un día de vida y me dijo que Isis tendría mucho encanto, que sería como ella cuando pequeña. Que lamentaba que estuviera implicada en esto, pero lo hecho, hecho estaba.

Mahasiah observó detenidamente a la mujer que estaba sentada al frente. Su cabello negro lo llevaba corto hasta los hombros, sus ojos cafés resaltaban debido a su tez blanca, se paró con movimientos elegantes y abrió las cortinas, el sol aún no salía.

Tenía características muy similares a su madre, a quien Mahasiah conoció y respetó.

-       Celeste, sé que es difícil, pero ella es capaz. Isis es fuerte, inteligente y te puedo asegurar que estará bien, yo estaré con ella en todo momento y la cuidaré. La conozco bien, sé cuáles son sus defectos y cuáles son sus virtudes. Confía en mí –

Mahasiah se acercó y la miró de frente, notó como una lágrima silenciosa corría por la mejilla de Celeste.

-       Ya es hora –
-       Dile que la amo y que no se olvide de que acá la estaremos esperando –
-       Lo haré, lo prometo –

Mahasiah desapareció.

En la cocina de la casa de Ariadna una discusión similar se llevaba a cabo.

-       Yélahiah ¿Y si necesita algo? – Preguntó Esther – Ella es más frágil de lo que aparenta –
-       Entiendo tu preocupación, aunque no me creas – dijo al ver la mirada inquisidora de la mujer – yo estaré junto a ella para lo que necesite, recuerda que nunca estará sola –
-       Pero, ella es mi niñita, mi conchito... ¿Y si no quiere ir?–

Esther se sentó en un sillón, tomó un retrato que había en una mesita y observó la foto. Ariadna de cuatro años, reía junto a sus hermanos, en el fondo se veía un gran árbol de navidad y a su alrededor pedazos de papel de regalo tirados. Esther sabía que no había nada que ella pudiera hacer para que su hija no se fuera, era su destino. Cuando tuvo por primera vez en sus brazos a Ariadna supo que no la querría dejar ir, su madre también lo supo. Como la detestó cuando le explicó lo que significaba que fuera niña, no podía ser que su hija estuviera destinada a tal peligro, no era lógico. Esther recorrió la habitación con su mirada, no sería lo mismo sin ella.

-       Sí, querrá. La conozco muy bien. Ten por seguro que yo la cuidaré. Y además Ariadna es Ariadna, recuerda que una vez te dijo que ella sabía que este no era su lugar, que había algo más, ¿te acuerdas? Mira, eventualmente sería esto o ella misma te obligaría a llevarla al psiquiatra… – Yélahiah se acercó por detrás del sillón – Ya es hora.
-       Cuídala, te lo ruego, no dejes que se olvide de nosotros, hazle saber que...que yo la... – La última frase se ahogo en su interior. Las lágrimas corrían por su rostro.
-       Se lo diré –

Yélahiah desapareció. Dos mujeres miraban por la ventana pensando en el rumbo que seguirían sus hijas, no era su decisión. Ellas no podían hacer nada, solo contaban con la seguridad de que sus madres también lo habían hecho y habían salido bien de ese sacrificio que estaban obligadas a cumplir. Se alzaban los rayos del sol, la luna aún seguía en lo alto del cielo, la historia comenzaba...

Ariadna abrió los ojos y frunció el ceño. Esa no era su cama, ni su pieza. No recordaba siquiera haber salido de su casa, menos haber ido de campamento y esto era muy elaborado para que lo hubieran hecho sus hermanos, además, Yélahiah la habría despertado de haber sido así ¿Y Yélahiah dónde estaba? A estas alturas ya estaría frente a ella, contando alguna de sus teorías. Entonces sintió un golpe seco seguido por un quejido y un lloriqueo. Miró hacia un lado y vio un bulto en el suelo quejándose.

Isis se giró la derecha, un hilo se le enterró en el hombro, se giró a la izquierda, no le gustaba dormir para ese lado, puso la cabeza hacia donde debían ir los pies y los pies en donde debe ir la cabeza, no le gustó. Volvió a la primera posición y abrió un ojo, esperando encontrar una respuesta que explicara por qué su cama era tan incómoda y por qué se movía. Al notar que el techo no se parecía en nada al de su casa ni al de ninguna de sus amigas (por un momento pensó que se había escapado de su casa pero no recordaba haber peleado con su madre) abrió el otro ojo y al tratar de acomodarse, nuevamente, se cayó. Recién ahí notó que alguien la estaba mirando fijamente y que no era Mahasiah ¿Quién era?

       -  ¡¿POR QUÉ ESTÁS EN MI PIEZA?! - 

Mahasiah salió de la tienda en la que dormían las chicas, miró a su alrededor, después de muchos años por fin estaba en su hogar. Observó el bosque, pronto tendría que adentrarse nuevamente allí, después de dieciséis años comenzaba su verdadera misión. Escuchó el grito de su protegida y con un suspiro dio media vuelta y entró.

-       ¡Yélahiah! – llamó, no es que no pudiera con las dos niñas, no, para nada, es que no conocía a Ariadna…  
-       ¡Mahasiah! – entró histriónicamente Yélahiah - ¡Tantos años! ¿Cómo te ha ido? No has cambiado para nada, sigues igual de feo – Dijo abrazándolo y hablando rápidamente.
-       Si, si, si, muchos años, tu tampoco has cambiado. – lo detuvo - Ayuda
-        ¿es genial todo esto, no? – dijo en su propio mundo, mirando alrededor y  abrazando a su amigo nuevamente, y Mahasiah, cediendo a la alegría de su amigo, lo abrazó de vuelta. Fue ahí cuando se escuchó el grito de Isis.
-       ¡aaahhh! ¡Mahasiah, nunca me dijiste que tenías NOVIO! ¿O sea que él es mi cuñado? Hola, cuñis – saludó con los dedos desde el suelo.
-       ¿Cuándo cambiaste de bando? Pobre de todos nosotros. Aléjate de mí – lo empujó con teatralidad.
-       Ehh… yo me voy – Ariadna se levantó de su hamaca dio dos pasos fuera de la tienda antes de que Yélahiah la tomara por el brazo y la hizo devolverse. La llevó hasta la hamaca y la sentó, todo tomado del brazo de la muchacha.
-       Tú te quedas ahí. Sentadita te ves más bonita – Ariadna lo miró un momento anonadada y luego le dio un agarrón en el brazo – ¡Auch! Eso duele.

 Todo esto sucedía mientras Isis miraba aún desde el suelo a la otra niña preguntándose cómo era posible que no se cayera de la hamaca, es decir, no es como si ella no se supiera equilibrar, no era tan torpe ¿cierto?

Su línea de pensamiento fue interrumpida por Mahasiah, tuvo que enfocar su atención en él y preguntarle, como tantas otras veces, que era lo que había dicho, porque con sinceridad, no lo había escuchado.

-        Te pregunte que por qué aun estas en el suelo – respondió cansinamente.
-        Es que estoy esperando a que me vengas a levantar – alzó una mano en dirección a su amigo moviendo los dedos - ¡ah! Verdad que no me puedes tocar - dijo dramatizando cada uno de sus movimientos (otra más) terminando cruzada de brazos. Mahasiah suspiró, la levantó del suelo de tierra, la sentó en la hamaca, la acomodó de forma que no se cayera, dio dos pasos atrás, la miró un momento, se volvió hacia el otro par que seguía discutiendo el hecho de que Yélahiah fuera tangible, volvió a mirar a Isis, pero esta vez, ella en vez de estar sentada se encontraba nuevamente hecha un bulto en el suelo con la hamaca encima. - me siento como una sirena – se quejó
-        ¿por qué como una sirena?
-        Porque los peces son feos.
-        ¿Quién demonios es ella? – preguntó Ariadna cansada de las vagas explicaciones  y vueltas concéntricas de las respuestas de Yélahiah.
-                      -          ¡Ay! Pero no me pegues, si al tiro te explico… ¡pero abrázame! –

Mahasiah los miró a todos intentando ordenar sus pensamientos para poder comenzar a explicar todo lo que estaba a punto de suceder.